miércoles, 11 de abril de 2018

Lluvia de amor. Parte I


Parte I



Ariadna alzó sus ojos al oír la pregunta de su hermano.
-¿Te quedarás todo el día tumbada en el sofá?
A Ariadna le entraron ganas de gritarle.
A veces, solo a veces odiaba el temperamental carácter de su hermano mayor.
Hizo un mohín completamente indiferente mientras Adrián esperaba su respuesta.
Sus espesos ojos color caramelo se clavaron en la blanca pared de la habitación. Elevó las pestañas y fingió un bostezo.
En realidad estaba aburrida, harta de que todo el mundo, en especial Adrián, se intentase meter en su vida.
Ya era lo suficientemente mayor para tomar sus propias decisiones.
Sin embargo su hermano seguía empeñado en protegerla, ¿de que?
Casi rió sola.
Ariadna no tenía más familia que él.
Adrián siempre había ejercito como un buen hermano y además como un buen padre.
De repente arrugo el entrecejo. En realidad su padre jamás se hizo cargo de ellos. Cuando ella tenía dos años su padre se dio a la bebida. Se convirtió en un alcohólico empedernido, se quedó sin trabajo, sin casa y sin mujer. Si, Ariadna sacudió la cabeza. Su madre había huido abandonándolos. Ahora su padre se recuperaba en una clínica donde lo estaban ayudando a reinsertarse en la sociedad. Todo un drama visto desde la mirada de un desconocido.
Pero ella estaba acostumbrada. Era lo que había visto. Había tenido que crecer y madurar con aquella cruda realidad que ya no le dolía tanto.
Si no hubiese sido por Adrián....
Ariadna suspiró. Adoraba a su hermano. Pero también reconocía sacarla de quicio. Él era muy perfecto. Serio, responsable, algo excéntrico. Y ella....todo lo contrario. A Ariadna le encantaba vivir la vida a lo loco. No quería pensar en el mañana, solo en el presente. Eran como la noche al día, y ahora que Adrián iba a convertirse en papá de un niño, ella lo encontraba más pesado e insoportable que nunca.
Eso si, le encantaba la idea de que la fuesen hacer tía tan joven. Ariadna tenía veintitrés años y Adrián treinta y seis.
Él le llevaba treces años. Por eso siempre había ejercido como un padre.
Ariadna no dudaba de que cuando naciese el bebe sería el mejor padrazo del mundo. Su sobrinito tendría mucha suerte, no solo por parte, sino por la mamá que lo traería al mundo. Natalia era la chica ideal de Adrián, su media naranja, dos almas que se habían encontrado en medio de un océano. Era inteligente, guapa y buena gente. Natalia provenía de una familia de bien. Su padre era un alto cargo en el ejercito militar y su madre era una famosa diseñadora de ropa.
Desde primera hora la familia de Natalia encajó la relación de su hija, los apoyaron en todo, de hecho, Adrián era como un hijo para ellos, y ahora que iban hacer abuelos estaban encantados.
Natalia era la cuñada perfecta. Aquella con la que podía compartir un ciento de cosas. Ambas se llevaban genial. Era por ella que Ariadna había accedido a ir a la casa del lago que la familia poseía en una de los enclaves más hermosos del valle de Asturias.
Natalia había insistido tanto porque temía que Ariadna se quedase sola en la ciudad.
Su ruptura con Marcos, su ex novio, no había sido nada fácil para la muchacha.
Ariadna había sufrido, tanto, que incluso durante tres meses cayó en una depresión, y aunque ahora fingiese que estaba bien, que era la mujer más fuerte del universo, Natalia conocía que debajo de su fachada latía un corazón aun herido.
En realidad su cuñada no se equivocaba. Aunque había pasado casi un año desde que Marcos la dejase tirada para irse con su mejor amigo, Ariadna no había logrado olvidarlo. Descubrir que el hombre de su vida era gay la dejó totalmente hundida.
Nadie hubiese imagino, y mucho menos ella, que Marcos era de la acera de en frente y que además, a ojos de los demás lo ocultase. Siempre había disimulado bien su pluma, había logrado engañar a sus más allegados, hasta que Ariadna lo pilló en la cama con su supuesto mejor “amigo” Alec, y entonces tuvo que salir del armario.
¡Que gran escandalo se armó en el entorno de Ariadna! La pobre chica pasó la mayor vergüenza de su vida. Fue humillada, criticada y herida. Eso nunca se lo perdonaría a su ex.
Desde entonces Ariadna no había tenido más relaciones. Desconfiaba de todos los hombres. En parte tenía sus sentimientos bajo una coraza.
De nuevo oyó a su hermano replicar enfurecido;
-Ari, ¿me has escuchado?
Entonces refunfuñó enfadada;
-Si, te he oído.
Ariadna fulminó a su hermano.
Lo único que quería era estar tumbada sin que nadie le hablase ni molestara, y él había interrumpido su momento.
-¿Y que piensas hacer?
Adrián puso los brazos en jarra y aquel gesto hizo que ella riera.
-¡Te odio y lo sabes!_le gritó de broma.
-¡Oh, lo se!_Adrián siguió su misma linea irónica_y ahora respóndeme_se puso serio.
Ariadna se encogió de hombros.
-No se, supongo que no.
-Estupendo_matizó algo dolido.
Ella se incorporó del sofá con brusquedad.
-¿Porque te molesta tanto que haga mi vida?
-¡Tu vida!_bramó.
-Si, mi vida.
-Ari tu no tienes vida desde que ocurrió lo de ese....
-¡No lo digas!_le suplicó rota.
Adrián se acercó a ella.
-Tienes que pasar pagina, volver a ser tu misma_la abrazó con cariño.
-Y si no yo no quiero..._le dejó caer con desafío.
-Te verás sola Ari, algún día ni yo ni Natalia estaremos_manifestó cansado.
Ariadna se maldijo por notar a su hermano así de abatido. Ella tenía la culpa. Algo debía hacer para mejorar la situación.
-Vale_dijo al fin_tu ganas hermanito.
Adrián la miró animado.
-Natalia esta preparando una barbacoa ¿porque no vas y la ayudas?
Ariadna sonrió.
-¿Puedo antes darme un chapuzón en el lago?
Miró a su hermano cuan corderito degollado.
-Si, si, puedes, pero date prisa, recuerda que hoy vendrá a cenar nuestro vecino.
Ariadna lo observó confusa.
-¿Vecino?
-Te lo dije ayer cabecita loca_y azotándola suavemente en el culo la levantó del sofá... Continuará



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Anna Soler Segura

1 comentarios:

Nani Mesa dijo...

Empezamos bien, lo del vecino promete jiji.

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