Parte
I
Ariadna
alzó sus ojos al oír la pregunta de su hermano.
-¿Te
quedarás todo el día tumbada en el sofá?
A
Ariadna le entraron ganas de gritarle.
A
veces, solo a veces odiaba el temperamental carácter de su hermano
mayor.
Hizo
un mohín completamente indiferente mientras Adrián esperaba su
respuesta.
Sus
espesos ojos color caramelo se clavaron en la blanca pared de la
habitación. Elevó las pestañas y fingió un bostezo.
En
realidad estaba aburrida, harta de que todo el mundo, en especial
Adrián, se intentase meter en su vida.
Ya
era lo suficientemente mayor para tomar sus propias decisiones.
Sin
embargo su hermano seguía empeñado en protegerla, ¿de que?
Casi
rió sola.
Ariadna
no tenía más familia que él.
Adrián
siempre había ejercito como un buen hermano y además como un buen
padre.
De
repente arrugo el entrecejo. En realidad su padre jamás se hizo
cargo de ellos. Cuando ella tenía dos años su padre se dio a la
bebida. Se convirtió en un alcohólico empedernido, se quedó sin
trabajo, sin casa y sin mujer. Si, Ariadna sacudió la cabeza. Su
madre había huido abandonándolos. Ahora su padre se recuperaba en
una clínica donde lo estaban ayudando a reinsertarse en la sociedad.
Todo un drama visto desde la mirada de un desconocido.
Pero
ella estaba acostumbrada. Era lo que había visto. Había tenido que
crecer y madurar con aquella cruda realidad que ya no le dolía
tanto.
Si
no hubiese sido por Adrián....
Ariadna
suspiró. Adoraba a su hermano. Pero también reconocía sacarla de
quicio. Él era muy perfecto. Serio, responsable, algo excéntrico. Y
ella....todo lo contrario. A Ariadna le encantaba vivir la vida a lo
loco. No quería pensar en el mañana, solo en el presente. Eran como
la noche al día, y ahora que Adrián iba a convertirse en papá de
un niño, ella lo encontraba más pesado e insoportable que nunca.
Eso
si, le encantaba la idea de que la fuesen hacer tía tan joven.
Ariadna tenía veintitrés años y Adrián treinta y seis.
Él
le llevaba treces años. Por eso siempre había ejercido como un
padre.
Ariadna
no dudaba de que cuando naciese el bebe sería el mejor padrazo del
mundo. Su sobrinito tendría mucha suerte, no solo por parte, sino
por la mamá que lo traería al mundo. Natalia era la chica ideal de
Adrián, su media naranja, dos almas que se habían encontrado en
medio de un océano. Era inteligente, guapa y buena gente. Natalia
provenía de una familia de bien. Su padre era un alto cargo en el
ejercito militar y su madre era una famosa diseñadora de ropa.
Desde
primera hora la familia de Natalia encajó la relación de su hija,
los apoyaron en todo, de hecho, Adrián era como un hijo para ellos,
y ahora que iban hacer abuelos estaban encantados.
Natalia
era la cuñada perfecta. Aquella con la que podía compartir un
ciento de cosas. Ambas se llevaban genial. Era por ella que Ariadna
había accedido a ir a la casa del lago que la familia poseía en una
de los enclaves más hermosos del valle de Asturias.
Natalia
había insistido tanto porque temía que Ariadna se quedase sola en
la ciudad.
Su
ruptura con Marcos, su ex novio, no había sido nada fácil para la
muchacha.
Ariadna
había sufrido, tanto, que incluso durante tres meses cayó en una
depresión, y aunque ahora fingiese que estaba bien, que era la
mujer más fuerte del universo, Natalia conocía que debajo de su
fachada latía un corazón aun herido.
En
realidad su cuñada no se equivocaba. Aunque había pasado casi un
año desde que Marcos la dejase tirada para irse con su mejor amigo,
Ariadna no había logrado olvidarlo. Descubrir que el hombre de su
vida era gay la dejó totalmente hundida.
Nadie
hubiese imagino, y mucho menos ella, que Marcos era de la acera de en
frente y que además, a ojos de los demás lo ocultase. Siempre había
disimulado bien su pluma, había logrado engañar a sus más
allegados, hasta que Ariadna lo pilló en la cama con su supuesto
mejor “amigo” Alec, y entonces tuvo que salir del armario.
¡Que
gran escandalo se armó en el entorno de Ariadna! La pobre chica pasó
la mayor vergüenza de su vida. Fue humillada, criticada y herida.
Eso nunca se lo perdonaría a su ex.
Desde
entonces Ariadna no había tenido más relaciones. Desconfiaba de
todos los hombres. En parte tenía sus sentimientos bajo una coraza.
De
nuevo oyó a su hermano replicar enfurecido;
-Ari,
¿me has escuchado?
Entonces
refunfuñó enfadada;
-Si,
te he oído.
Ariadna
fulminó a su hermano.
Lo
único que quería era estar tumbada sin que nadie le hablase ni
molestara, y él había interrumpido su momento.
-¿Y
que piensas hacer?
Adrián
puso los brazos en jarra y aquel gesto hizo que ella riera.
-¡Te
odio y lo sabes!_le gritó de broma.
-¡Oh,
lo se!_Adrián siguió su misma linea irónica_y ahora respóndeme_se
puso serio.
Ariadna
se encogió de hombros.
-No
se, supongo que no.
-Estupendo_matizó
algo dolido.
Ella
se incorporó del sofá con brusquedad.
-¿Porque
te molesta tanto que haga mi vida?
-¡Tu
vida!_bramó.
-Si,
mi vida.
-Ari
tu no tienes vida desde que ocurrió lo de ese....
-¡No
lo digas!_le suplicó rota.
Adrián
se acercó a ella.
-Tienes
que pasar pagina, volver a ser tu misma_la abrazó con cariño.
-Y
si no yo no quiero..._le dejó caer con desafío.
-Te
verás sola Ari, algún día ni yo ni Natalia estaremos_manifestó
cansado.
Ariadna
se maldijo por notar a su hermano así de abatido. Ella tenía la
culpa. Algo debía hacer para mejorar la situación.
-Vale_dijo
al fin_tu ganas hermanito.
Adrián
la miró animado.
-Natalia
esta preparando una barbacoa ¿porque no vas y la ayudas?
Ariadna
sonrió.
-¿Puedo
antes darme un chapuzón en el lago?
Miró
a su hermano cuan corderito degollado.
-Si,
si, puedes, pero date prisa, recuerda que hoy vendrá a cenar nuestro
vecino.
Ariadna
lo observó confusa.
-¿Vecino?
-Te
lo dije ayer cabecita loca_y azotándola suavemente en el culo la
levantó del sofá... Continuará
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Anna
Soler Segura




1 comentarios:
Empezamos bien, lo del vecino promete jiji.
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