Parte
VI
Cerca
del amanecer, y tras comprobar que Iván dormía, Ariadna abandonó a
hurtadillas el domicilio cuan ladrón a media noche.
De
aquella horripilante manera se sintió la joven tras comprobar que
hacer el amor con Iván había sido un equivoco.
No
hubo notas.
No
hubo adiós, tan solo huyó por la puerta.
Lo
que empezaba a sentir por Iván era mucho más fuerte que una
atracción pasajera.
Ariadna
jamás se había entregado a un hombre de esa forma tan desenfrenada,
ni tan siquiera con Marcos, claro, que este había sido un gay sin
salir aun del armario.
“No
es excusa”se recriminó a si misma.
Iván
se estaba colando poco a poco en su corazón y ella no estaba
preparada.
¿Que
podía hacer?
Tenía
que alejarse de él.
No
verlo.
No
hablarle.
No
tocarle.
Pero
aquello le resultaría difícil mientras su estancia durase en aquel
lugar.
Ariadna
se dejó caer sobre la cama.
Tenía
un conflicto interior que la hizo llorar de rabia.
De
momento no sabía que haría exactamente para huir de él.
Lo
primero sería encerrarse en su habitación y no ir mañana a esa
estúpida excursión en barco.
Tenía
que hacer creer a su hermano que estaba enferma y que no podría
levantarse de la cama en días.
En
principio no parecía difícil, pero Adrián siempre había sido un
poco incrédulo y casi siempre terminaba pillándola en la mentira.
Ariadna
se convenció de que está vez daría resultado su método.
Así
que tendría que currarse el papel de enfermita.
Al
día siguiente su hermano acudió a su habitación preocupado por su
ausencia durante el desayuno.
-¿Estas
enferma?_le preguntó escéptico.
Ariadna
fingió toser agudamente.
-Si,
debe ser que me he enfriado un poco_mintió.
-¿Que
te duele exactamente?
-¡Todo!_exageró
con voz débil.
Adrián
la miró extrañado.
-Llamaré
al doctor.
-¡No!
No hace falta, un par de días en cama y estaré mejor_trató de
convencerlo.
-¿Y
que pasa con la excursión?
A
Ariadna se le daba bien poner carita de niña buena.
-Ir
vosotros, por favor, no quiero estropearos el día.
-¿Seguro?
En su
interior sonrió al oír la pregunta de Adrián.
-Si.
Su
hermano pareció confiarse.
En
realidad tenía muchas ganas de pasear en barco.
Besó
a Ariadna en la frente y le hizo prometer que lo avisaría al móvil
si algo iba mal.
Ella
asintió ocultando su alivio.
Cuando
su hermano cerró la puerta de la habitación, Ariadna soltó el aire
acumulado en sus pulmones.
Saltó
de la alegría sobre el colchón.
Era
cobarde, lo sabía.
Pero
su instinto herido le gritaba que era mejor de esa manera.
Al
escuchar las voces en el porche reconoció entre ellas la de Iván.
Era
dulce, aterciopelada y profunda.
Un
fuerte escalofrío la traspasó.
¿Podía
en verdad estar enamorándose de Iván?
Dejó
escapar un suspiro al tiempo que con sigilo se asomaba por la
ventana.
Su
hermano, Natalia e Iván estaban junto al embarcadero.
Un
amago de impotencia la hizo castañear los dientes.
El
pequeño velero los esperaba para soltar amarras.
Iván
fue el último en subir a la embarcación tras arriar el último
cabo.
En
verdad había estado esperando un milagro.
No se
había creído la repentina enfermedad de Ariadna, no después de la
noche apasionada que había compartido entre sus brazos.
Adrián
se lo podía haber tragado, pero él no.
Conocía
perfectamente los motivos de la joven para no acudir a la excursión.
Iván
se maldijo entre dientes, quizás tenía que haber actuado de otra
manera menos arrebatadora.
Lo
que sentía hacía Ariadna no era algo pasajero, ni una aventurilla
de verano. Seriamente empezaba a pensar en ella como un hombre
enamorando.
Pero
tristemente no dejaba que se lo demostrase.
No
la culpaba.
Era
la historia de su vida.
Echó
un último vistazo antes de desatar la cuerda buscando algún rastro
de la joven.
Subió
a la embarcación y ocupó su lugar junto al timón... Continuará
Este Relato como todo los texto del blog
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Anna Soler Segura




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